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José Julio Perlado, 2003, El ojo y la palabra. Reflexiones sobre la lectura, la escritura y la imagen.
Pamplona, Eiunsa

Autor/-a de la reseña: Alberto Sánchez León



Los seis capítulos que componen el libro son verdaderas y bellas lecciones para los lectores. Efectivamente, se trata de lecciones porque el lector aprende a ver lo que siempre ha visto, pero con una nueva luz, un nuevo enfoque: contemplando y creando. Y lo que ve es la belleza de nuestro mundo tal cual es, representado con la imagen y recogido por la palabra.

Una de las grandes lecciones que José Julio Perlado nos da es la que se podría formular con la siguiente máxima: “El ojo no basta. La imagen no es suficiente. El ojo recibiendo imágenes no explica a sí mismo la Historia” (p. 12). La imagen es insuficiente. Se trata pues, a mi juicio, de una máxima que rompe con los tópicos (que casi siempre son falsos, o, por lo menos, incompletos). En contra de ellos, el autor piensa que las palabras valen más que mil imágenes.

Para que la palabra cobre toda la fuerza que posee son necesarias tres dimensiones que la persona debe potenciar, a saber: aprender a mirar, aprender a leer y aprender a escribir.

Aprender a mirar parece elemental, pero hay que acertar con la mirada que queremos y que va acorde con nuestra forma de ser. Hay miradas y hay miradas. El autor nos muestra una amplia gama de miradas (la mirada periodística, la mirada ausente, la mirada creadora,...) y las analiza con una belleza que nos admira.

Aprender a leer no es tarea fácil. Aquí merece especial atención la importancia que tiene la educación desde las edades más tempranas, donde las voces de las madres tienen una importancia, en ocasiones, bien decisivas para la sensibilidad que se gana. Para leer es importante la soledad y el silencio. “Soledad y lectura son hermanas y estas hermanas también lo son del silencio y todos juntos crean un escenario” (p. 59). Efectivamente la lectura –lección- aviva nuestra memoria, de la cual, el recuerdo bebe después de ese depósito que se ha cincelado allí para después poner en presente algo vivido en una lectura donde quizás nosotros podríamos haber sido los auténticos protagonistas.

Pero la lectura -ese viaje hacia el otro si es una biografía, o ese viaje hacia lo desconocido si se trata de una novela, hacia el pasado si era una historia,... -, no sólo alimenta a la memoria, sino sobre todo a la imaginación y después a la inteligencia. La imaginación, ese sentido que está por explotar, trabaja constantemente en la lectura. Y, si se trabaja bien, será una imaginación inventora, creadora.

Al igual que para un buen artista es imprescindible aprender a mirar, también lo es aprender a escuchar para los lectores y los escritores. El buen lector está abierto de continuo a la escucha de otro que cuenta, narra, teoriza, describe. Un lector atento es un lector que sabe, porque ha aprendido a escuchar, y, por eso, se adentra en la historia que lee: la vive.

Para la escritura, que engloba el arte del saber mirar y escuchar, es condición sine qua non, “la creación de un espacio personal” (p.91). “ Lo esencial es todo a la vez, es decir, aprender a escribir en cualquier parte, con incomodidades o comodidad, con mucho o con poco tiempo, a horas distintas, en lugares diversos, en lugares creados por uno mismo aprovechando retazos del día o de la noche, redactando de pie, en un atril, por problemas de espalda (como Hemingway), o viajando en tren a Chicago, escribiendo el capítulo catorce de Doktor Faustus (como hace Thomas Mann)” (p. 93).